Una carta de amor

Por Inaciu Iglesias, en El Comercio

por Comunicación Foro

Que no nos enreden con sus miedos infundados a una lengua preciosa, humilde y antigua que apenas hablamos doscientas mil personas

Que no la conviertan en un peligro para la que también hablamos seiscientos millones de personas

Nos seguirán insultando. No lo pueden evitar. A usted, a mí y a nuestra inteligencia; aunque no se den cuenta; aunque, en su ignorancia, no sepan lo que hacen; aunque se limiten a repetir consignas de terceros. Un día sí y otro también; cada vez que escupan eso de que nos inventamos una lengua, queremos romper la convivencia o aspiramos a vivir del cuento, la subvención y el fraude; cada vez que repitan que queremos imponerles un idioma, despilfarrar dineros públicos y generar no sé qué laberintos apocalípticos de separadores infiernos identitarios; cada vez que susurren que detrás del bable obligatorio llegarán las pistolas y la ruina porque el asturiano nunca lo habló nadie, o solo gente sin estudios, o tres paletos desdentados, o cuatro lingüistas de laboratorio. Todas las veces que hagan eso nos estarán insultando llamándonos mentirosos, terroristas, defraudadores y cosas peores.

«Son provincianos acomplejados que quieren hacerse perdonar sus orígenes»

Y no se lo tenemos que consentir, no se lo podemos admitir y no les vamos a emitir acuses de recibo. ¿Y qué podemos hacer? ¿Cómo debemos actuar ante un comportamiento así? ¿Debemos responder con otra ordinariez? ¿Tragarnos el orgullo? ¿Dejarlo correr? Pues no señor: cuando alguien nos ofrece un regalo –o un soborno– que no queremos, se lo agradecemos, se lo devolvemos y punto. Y vuelve a ser suyo. Y seguimos, como señores que somos, con lo nuestro: hablando cada vez más alto nuestras lenguas –todas ellas– con nuestros hijos, con nuestros amigos y con nuestros funcionarios. Con la cabeza bien alta. Sin callarnos. Porque la dignidad no se rebaja, ni se desprecia la memoria de nuestros abuelos ni, sobre todo, se vende la prosperidad de nuestros nietos.

«Si les parece bien, nos vemos dentro de diez días, en la manifestación»

Y los que insultan que se busquen otro enemigo, alguien de su tamaño que les resuelva sus contradicciones y les ayude a gestionar su disonancia cognitiva. Y si quieren seguir hablando de imposiciones, corrupciones y clientelismos, que no nos enreden con sus miedos infundados a una lengua preciosa, humilde y antigua que apenas hablamos doscientas mil personas. Que no la conviertan en un peligro para la que también hablamos seiscientos millones de personas. Que valiente broma: menuda tomadura de pelo inventarse un enemigo así. Abusones; eso es lo que son; provincianos acomplejados que quieren hacerse perdonar sus orígenes; gentes que se dicen de orden y no lo respetan; conservadores que no saben conservar nada; progresistas cosmopaletos avergonzados de lo suyo, de sus propias palabras: prestosu, chiscar, garciella, rescampla, ye, manqueme, de magar, achaplaos, tarabica, enfotu, andanciu, xeitu, encesa… Tanto griterío antioficialidad para que estas pobres palabras no resuenen en las aulas docentes, en los salones del poder, en los despachos de moqueta, en los palacios del Gobierno, en los plenos municipales, en los edificios oficiales. Y todo por su propia ignorancia y desprecio a sus antepasados, a sus predecesores, a sus mayores: a Posada, Reguera, Xovellanos, Castro, Cepeda, Caveda, Canella, Cuesta, Acebal, Rubín, Coronas, Peláez, Cabal, Delestal, Canellada… Y a tantos otros.

No los conocen –salvo como nombres de calles– y por eso creen que no existen. Pero a nosotros eso no nos importa: nos preocupa más nuestro futuro que su pasado; y para construirlo no tenemos más herramientas que nuestras palabras, nuestra decencia y la fuerza que nos da defendernos después de tanto tiempo silenciados, pisoteados y ninguneados. Y no va a ser fácil. Y nos seguirán insultando. Pero, al final, todo será una cuestión de respeto, cariño y amor. Y eso no se puede imponer. Pero, sobre todo, no se puede impedir. Y por eso vamos a ganar.

Y, si les parece bien, nos vemos, dentro de diez días, en la manifestación.

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