Nacer en Laviana, crecer entre el murmullo del Nalón y la silueta imponente de Peña Mea, implica mucho más que llevar dentro un paisaje: implica una forma de entender la vida. Es aprender desde niño que la vecindad no es un valor abstracto, sino algo que se practica a diario.
Que La Nueva España ponga en marcha una edición digital dedicada a Laviana es, además de una excelente noticia, un reconocimiento a un concejo que nunca se resignó a ser solo pasado. Es cierto que arrastramos heridas profundas. Las minas, que durante décadas nos dieron identidad y sustento, dejaron un vacío cuando se apagaron, sin que ninguna de las promesas de quienes las cerraron se convirtiese en realidad. Muchos amigos tuvieron que marcharse buscando oportunidades que aquí no encontraban. Y, sin embargo, Laviana sigue siendo ese lugar al que todos quieren volver.
Quien recorre Laviana se encuentra con un comercio que resiste y se reinventa, una hostelería que apuesta por el producto local y con jóvenes que deciden iniciar aquí proyectos de vida, a pesar de todas las trabas y las dificultades. Tenemos recursos naturales y paisajes de un valor incalculable que atraen a multitud de visitantes y nos recuerdan que el turismo sostenible puede ser una herramienta de futuro.
Laviana también es cultura. Lo es cuando recordamos que aquí nació Armando Palacio Valdés, uno de los grandes escritores de nuestra literatura, que supo retratar como nadie la vida y el carácter de estas tierras. Lo es cuando miramos hacia la Virgen del Otero, nuestra patrona, y sentimos ese orgullo compartido en las fiestas de agosto, cuando el concejo entero se une bajo su manto. Y lo es, por supuesto, cuando hablamos —con una mezcla de devoción y alegría contagiosa— del Descenso Folklórico del Nalón, declarado Fiesta de Interés Turístico Nacional. Porque el Descenso es mucho más que un día en el calendario: es la prueba de que, cuando trabajamos juntos, podemos levantar algo grande, colorido, nuestro.
Pero no podemos quedarnos en la nostalgia. Si algo necesitamos hoy es un compromiso real con nuestro futuro. Por eso, no puedo terminar este artículo sin reivindicar.
Reivindicar, una vez más, mejores infraestructuras, empezando por el desdoblamiento del Corredor del Nalón, y mejores conexiones de transporte. Reivindicar que dejemos de vivir de espaldas al río Nalón, haciendo realidad, por fin, esa playa fluvial desde hace tanto tiempo demandada. Reivindicar más inversión para que no tengamos que irnos. Reivindicar una apuesta de verdad por el sector primario y por el impulso a todas esas pequeñas empresas que crean empleo y fijan población. Reivindicar, también, unos servicios públicos de calidad en todo el concejo.
Mirar a Laviana es mirar a un concejo que nunca se rinde. No lo hace a pesar de las dificultades. Porque Laviana no es solo un lugar en el mapa: es la suma de historias, de vecinos, de recuerdos y de proyectos. Es ese orgullo que sentimos cuando decimos: soy lavianés.
Pero el orgullo no puede ser una excusa para quedarnos quietos. Porque Laviana también duele cuando vemos marcharse a tantos jóvenes que quieren quedarse, pero no pueden. Duele cuando vemos cómo se apagan proyectos que podrían haber echado raíces aquí. Y duele cuando pasan los años y seguimos esperando que se cumplan tantas promesas incumplidas.
Que esta nueva edición digital de La Nueva España nos ayude a contar cuanto suceda, a debatir acerca de lo que nos falta y a construir juntos nuestro futuro es, sin duda, una magnífica noticia. Porque Laviana merece ser escuchada. Y porque Laviana, con todo lo que ya ha dado, todavía tiene mucho que ofrecer.