Ordinarios

Por Inaciu Iglesias, en El Comercio

por Comunicación Foro

«Llevo desde los quince años difundiendo el asturiano. Edité cerca de quinientos libros y nunca viví de subvenciones ni cometí una irregularidad»

Hay otros. Pero el argumento –por lo menos ad hominen– más rastrero de los prohibicionistas es el delictivo. Según ellos, la oficialidad va a convertirse en un chiringuito. Y ahí lo dejan. Es decir, permitir el uso del asturiano en nuestras instituciones va a generar un negocio irregular y tramposo –por no decir directamente ilegal– con el que cuatro bablistas se aprovecharán del dinero público. Y, por alusiones, este nuevo despropósito negacionista me ofende. Me ofende mucho. Aunque no me extraña. De hecho, sigue la misma línea argumental que acaban de utilizar los autores del reciente cartel con el fotomontaje de nuestro presidente, Adrián Barbón, y nuestro diputado, Adrián Pumares, aparentando besarse en la boca con la leyenda «los Adrianes quieren meterte la llingua».

Y ese es el nivel, señores: nuestra clase política –o parte de ella–, en vez de argumentar, debatir y contrastar, se dedica a insultar, repetir consignas y desinformar. Y resulta frustrante enfrentarse a esta chiquillada, infantil y provinciana, que solo busca mancillar el buen nombre de tantas y tantas personas que, desde hace generaciones, lo único que pretenden –que pretendemos– es seguir protegiendo, promoviendo, difundiendo y, en definitiva, respetando una parte fundamental de nuestro patrimonio cultural: nuestro humilde y querido idioma asturiano. O, en otras palabras: cumplir y hacer cumplir lo que ordenan nuestra Constitución y nuestro Estatuto.

¿Y cuál es su problema, entonces? ¿Qué les preocupa, realmente, a todos esos prohibicionistas? ¿Qué pretenden insinuar –descaradamente– con el cuento este del chiringuito? Seamos serios. En cuarenta años de gobiernos propios –por no irnos más atrás– experimentamos, en nuestro pequeño y verde país, algún que otro escándalo económico. No resulta difícil confeccionar la lista. Yo mismo la empiezo: el ‘petromocho’, el Calatrava, las cocheras de Emtusa, los fondos mineros, la chequera del SOMA, el caso ‘Pokemon’, el caso Renedo… Y, mientras ustedes la continúan, les reto a que me especifiquen un caso – uno solo– de chiringuito institucional, o privado o mediopensionista, relacionado con todo esto del bable y la llingua y el separatismo y no sé qué imposiciones, inventos y desfalcos con los que algunos pretenden insultarnos, mancillarnos y meternos miedo. Y es que, al final, es eso, simplemente eso. Miedo.

«¿Quieren explicarme por qué unos descerebrados me acusan de vividor?»

Según ellos, la oficialidad va a convertirse en un chiringuito

Tengo cincuenta y cinco años. Y llevo desde los quince promocionando y difundiendo el asturiano. Edité cerca de quinientos libros, un periódico, varios programas de televisión (llegamos a tener diecisiete personas en plantilla) y, con todo, contribuí de manera importante a nuestro PIB. Nunca viví de subvenciones, siempre estuve auditado y jamás cometí una irregularidad. ¿Quieren explicarme entonces por qué tengo que soportar que unos descerebrados me acusen de vividor, trapacero o –directamente– delincuente? ¿Por usar nuestra lengua? ¿Por no avergonzarme de ello? ¿Por defender la oficialidad? ¿Quiénes son esos impresentables?

Pues unos ordinarios. Eso es lo que son: unos ordinarios y rencorosos carentes de todo gusto y educación. Y eso es intolerable. La gente de orden no nos merecemos esto. Los que hacemos por conservar nuestras costumbres, tradiciones y patrimonio; los que –sin complejos– estamos orgullosos de nuestros antepasados; los que nos dedicamos a trabajar y a construir no podemos perder el tiempo con estas tonterías. Son cientos de miles las personas honradas y bien dispuestas que simpatizan con la derecha asturiana, hacen lo correcto y defienden sus valores. Y no se merecen esto. Toda esa gente extraordinaria que forma –que formamos– parte esencial de nuestra sociedad no nos merecemos a estos ordinarios pagacarteles que solo saben insultar, meter miedo y arrojar los debates, y sus bajos instintos, a la altura del barro. Que es su elemento. Pero no el nuestro. Así que, ni caso.

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