Por Adrián Pumares, secretario general y portavoz parlamentario de FORO Asturias, en ‘La Nueva España’
Cada vez que en Asturias se desata una oleada de incendios forestales, se repite la misma secuencia: preocupación ciudadana, imágenes impactantes, declaraciones de los responsables políticos y, finalmente, olvido hasta la siguiente catástrofe. Es un ciclo perverso que no se romperá mientras el Gobierno del Principado de Asturias siga empeñado en eludir sus responsabilidades. El presidente Adrián Barbón prefiere culpar al cambio climático —un fenómeno global indiscutible— antes que asumir su responsabilidad: en seis años, su Gobierno ha sido incapaz de diseñar y ejecutar una verdadera política forestal y de prevención.
EL COMBUSTIBLE QUE ALIMENTA EL FUEGO
Un incendio no surge por arte de magia. Para que se produzca son necesarios tres elementos: un combustible, un comburente y una energía de activación que genere la chispa inicial. Basta con eliminar uno de ellos para que el fuego no se inicie o no se propague. Y está claro que el único factor sobre el que las administraciones pueden actuar es el combustible.
Los incendios, por tanto, no son una fatalidad inevitable. Naturalmente que el impacto del cambio climático es indiscutible, y cada vez será más frecuente que en Asturias tengamos temperaturas por encima de los 30 grados, vientos superiores a los 30 kilómetros por hora y humedades relativas inferiores al 30%, lo que favorece que el fuego se propague con facilidad. Pero todos esos factores no bastan por sí solos: para que un incendio prenda y se mantenga, además de calor, viento y sequedad, se necesita combustible. Y nuestros montes están hoy más cargados de biomasa, matorral y pasto seco que nunca. El abandono ha convertido a los montes de Asturias en un polvorín.
Esta situación no es fruto del azar, sino de una nefasta política forestal. Un monte bien gestionado no arde con la misma facilidad. La limpieza, las podas, el pastoreo, el aprovechamiento de los recursos forestales y la planificación reducen drásticamente el riesgo. Pero el Gobierno de Barbón ha dejado pasar seis años sin hacer nada de esto. Partidas presupuestarias sin ejecutar, planes que se anuncian y no se aplican, programas que no llegan a los pueblos… Esa es la realidad de una política que se resume en una palabra: inacción.
GANADERÍA EXTENSIVA: ALIADA CONTRA EL FUEGO
Durante generaciones, los ganaderos asturianos han sido la primera línea de defensa frente al fuego. Sus animales consumen el matorral y reducen la biomasa que hoy se acumula sin control. La ganadería extensiva basada en las razas autóctonas asturianas no es solo una actividad económica o una seña de identidad: es una herramienta de gestión forestal.
Por eso resulta incomprensible que, en lugar de apoyar decididamente a quienes quieren seguir viviendo y trabajando en el campo, el Gobierno se dedique a ponerles obstáculos. La ganadería extensiva debe ser reconocida y protegida, no solo por su valor ambiental, productivo y en la conservación del paisaje, sino también porque sin ella la prevención es imposible. Cada rebaño que desaparece es un paso más hacia un monte abandonado, más combustible y, en consecuencia, más incendios.
LA PROPIEDAD DE LOS MONTES, CLAVE EN LA PREVENCIÓN
Hay otra verdad incontestable: los montes bien gestionados no arden. Y sabemos que un monte con dueño, con una comunidad que lo siente como propio, es un monte mejor gestionado, mejor cuidado y, por tanto, más protegido frente al fuego. Así lo demuestra, por ejemplo, la experiencia del mayor pinar de Europa, situado entre Soria y Burgos, donde un modelo ancestral de gestión comunal llamado “Suerte de Pinos”, realizado en coordinación con las instituciones locales y apoyado en la prevención y la vigilancia permanente es un caso de éxito.
En Asturias, sin embargo, muchos montes vecinales en mano común siguen sin ser devueltos a sus legítimos propietarios, pese a que la ley obliga hacerlo de oficio. Le negativa del Gobierno de Barbón a cumplir la ley no es solo un problema jurídico: supone condenar a esos montes al abandono y, con ello, aumentar el riesgo de incendios.
LA NECESIDAD DE UN GRAN PACTO
He señalado dos ámbitos prioritarios —la ganadería extensiva y la clarificación de la propiedad de los montes—, pero no son los únicos. La lucha contra los incendios exige un cambio de rumbo profundo. Y ese cambio solo será posible si se alcanza un gran pacto.
Un pacto entre todas las fuerzas políticas, pero sobre todo con quienes viven en el medio rural. Un pacto que deje de ser un eslogan y se traduzca en medidas concretas: ejecutar los presupuestos destinados a prevención forestal; reforzar las brigadas de prevención durante todo el año; reconocer a la ganadería extensiva como una herramienta imprescindible contra el fuego; intensificar el diálogo con los bomberos y los agentes de medio natural, reforzando sus medios y mejorando sus condiciones laborales; y cumplir la ley devolviendo los montes vecinales en mano común a sus propietarios legítimos.
Lo que resulta innegable es que si los pueblos se vacían, si la ganadería desaparece, si la burocracia se convierte en un obstáculo y si no se escucha a quienes mejor conocen el terreno, el resultado será siempre el mismo: más incendios, más devastadores y más difíciles de extinguir.
Asturias no arde por fatalidad. Asturias arde por abandono. Y ese abandono solo se puede corregir si somos capaces de escucharnos, de actuar con valentía y de poner en marcha una política forestal y de apoyo al medio rural de verdad. Un gran pacto no es una opción: es una necesidad urgente si queremos dejar de repetir, año tras año, la misma tragedia.
