Los terrenos de Cabueñes albergarán un restaurante, un ciclo de conciertos previsto para este verano y un recorrido histórico para acercarse a la figura de Florencio Valdés en la casona que fue suya
Una chistera da la bienvenida a quien se adentra a la casona de La Isla. Y, junto a ella, cubierto por el polvo de la Historia, un vetusto proyector. El uniforme de una guerra que ya nadie quiere recordar. Instantáneas de señores con bigote y bombín que amarillean. Una caja en la que alguien escribió: «Reloj de la abuela. No tirar». Los discos de habaneras que animaron tantos bailes desde el gramófono. Todos, testigos mudos del glamour de tiempos pasados en los salones de una casa que fue un poderoso polo de atracción para las élites de la sociedad gijonesa y que ahora el Ayuntamiento ha adquirido por 1,9 millones de euros, decidido a «recuperar su antiguo esplendor».
Ese es, al menos, el reto que se ha marcado la alcaldesa, Carmen Moriyón, quien acompaña a EL COMERCIO a conocer los entresijos de un tesoro del que, «dentro de muy poco, disfrutarán todos los gijoneses». «Un sueño hecho realidad» desde que, el mes pasado, el Consistorio se hiciese con la totalidad de la Finca La Isla por 1,9 millones de euros. «La guinda del pastel» para los 40.045 metros cuadrados que ya habían sido comprados en el año 2000, con Paz Fernández Felgueroso en la Alcaldía, para la creación del Jardín Botánico Atlántico, el gran museo vegetal inaugurado en 2003.
La operación suscrita con Jesús Oliva, tataranieto del industrial Florencio Valdés (1836-1910), alma de La Isla y uno de los fundadores de este diario decano de Asturias, incluye la adquisición de la casona centenaria que preside los terrenos –objeto de una profunda reforma en 1953–, además de la deseada parcela de 17.308 metros cuadrados que permitirá ampliar los espacios de acceso público del Botánico.
Joya natural y arquitectónica
Un sueño colectivo «desde ahora mismo», porque la alcaldesa está convencida de que «es importante que la ciudadanía conozca el proceso»: el «antes» y el «después» de esta joya «natural» y «arquitectónica» tras el lavado de cara que está pidiendo a gritos. Porque, si el Jardín de La Isla forma parte del Inventario del Patrimonio Cultural de Asturias, el edificio aparece en el catálogo urbanístico municipal bajo la figura de protección integral, pero basta con echar un vistazo alrededor para percibir los estragos del paso del tiempo. «Queda mucho trabajo por hacer y será necesaria una financiación estable», admite la alcaldesa junto a la pérgola de la entrada, antaño jalonada de glicinias. Su rincón preferido. Porque Moriyón, «como buena parte de los gijoneses», conoce bien La Isla «de haber asistido a alguna boda o evento» en épocas doradas más recientes.
Así que la tarea para devolverle a la casona su brillo primigenio ya está en marcha y los técnicos municipales han empezado a inventariar todos los objetos que van encontrando a su paso: documentos, artilugios, vajillas, baúles… Algunos, con destino a los museos de la ciudad. «Como las fotos, que se custodiarán en el Muséu del Pueblu d’Asturies», cuenta uno de ellos mientras en la finca ya han comenzado también los trabajos para hacer brillar el estanque de nenúfares llegados desde Barcelona o los setos de boj que rodeaban sus colecciones de rosas de Sevilla.
«Hay especies que tienen más de 150 años», confirma, entusiasmado, el director del Botánico, Tomás Fernández Velilla. Y, mandando sobre todas ellas, imponente, «el dinosaurio», con llaman al majestuoso cedro negro que domina la finca, a muy pocos metros de su capilla –hoy desacralizada– y de la torre de estilo medieval que albergaba un depósito de agua, coronada por una campana «con la que se llamaba a los trabajadores». Porque Florencio Valdés, genio y figura, emprendedor nato, hizo de la propiedad de Cabueñes una fantasía de juegos hidráulicos que incluían cascadas, canales y hasta una laguna con su embarcadero por la que pasaron personalidades de tanto postín como el príncipe de Gales Albert Edward en 1896 o la infanta Isabel de Borbón, ‘La Chata’, en 1915, dejando estampada su rúbrica en el libro de firmas.
Y, ahora, lo que en su día se llamó La Isla por hallarse entre el arroyo de Cefontes y el río Peñafrancia ya tiene diseñado su futuro inmediato. Uno sin insularidad, para todos los públicos.
Empezando –cuenta el concejal Jesús Martínez Salvador– por «poder mejorar los servicios que el Botánico presta. Por ejemplo, en todo lo referido a la ciencia y la investigación». Se refiere al herbario, el banco de germoplasma y los laboratorios: «Creemos que este es un sitio perfecto para poder acogerlos y para que la gente que lo visite pueda ver el trabajo que se hace aquí».
Pero es que, además, «tenemos una deuda pendiente desde siempre con las asociaciones vinculadas al Jardín. En primer lugar, con la Asociación de Amigos, y, después, con el Colectivo Ornitológico Carbayera del Tragamón, la Asociación en Defensa de las Abejas y la Asociación Micológica Asturiana, que pueden tener aquí su espacio ideal, al igual que lo será para el propio personal del Jardín, donde la zona de oficinas se ha quedado un poco pequeña». A todo eso se sumará que los terrenos «permitirán eliminar el actual cuello de botella del recorrido y avanzar hacia un itinerario circular».
Abanico enorme
Y si Florencio Valdés –que contará con un itinerario para acercarse a su figura en estancias de la casona– fue uno de los grandes pioneros del desarrollo del ocio en Asturias, siguiendo su estela, La Isla contará con «un servicio de hostelería y restauración de referencia», aprovechando, además, que, por su ubicación, no es necesario pasar por el Botánico para acceder a su restaurante. «Al ser una pradera grande, nos abre también un abanico enorme para organizar eventos. El primero, la Feria de Plantas, que se celebrará los días 6 y 7 de junio con expositores de distintos países y con actividades de interior y exterior. Pero, antes, en poco más de un mes, los días 25 y 26 de abril, se celebra el aniversario del Jardín Botánico y va ser el primer momento en el que podamos enseñarle todo esto a la ciudadanía». Unas jornadas de puertas abiertas que culminarán este verano, con un ciclo de recitales que ya tiene título: ‘Los conciertos de La Isla’.
Será después de que, esta misma semana, los técnicos municipales «digan por dónde empezamos. Y, como en las mejores reformas, todo apunta al tejado».
Reportaje La Isla El Comercio