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Volver a empezar

por Jaime Paino

Por Inaciu Iglesias, en El Comercio

Todos a casa. El Gobierno asturiano decreta el cierre de toda actividad no esencial y solicita un nuevo confinamiento domiciliario que considera imprescindible para, textualmente, salvar vidas. Y el Gobierno español lo rechaza rotundamente porque, también textualmente, dice que no lo prevé, no está trabajando en ello y con las medidas autonómicas tenemos más que suficiente. Y toca esperar porque, señoras y señores, en esto consiste disponer o no de competencias en nuestro Estatuto.

El reparto de atribuciones funciona así: unos gobiernos tienen unas responsabilidades y otros, otras. Y no vale escaquearse en el reparto, porque luego vienen las lamentaciones como eso de qué bien nos vendría ahora tener más peso político y competencial y cultural y económico. Pero no lo tenemos. Y no lo tenemos porque cuando nos tocó asumir la recaudación de impuestos, la gestión de empresas deficitarias o la protección de nuestro patrimonio, nos echamos a un lado: que lo hagan otros, pensamos; que eso es muy complicado. Y ahora comprobamos que, como no estuvimos a las duras, no podemos reclamar las maduras.

Como fuera, nuestro Gobierno solicita medidas contundentes y pone de ejemplo a Alemania. Pero Alemania no es solo dura con sus ciudadanos. También los protege, y no hablo de salud: les ofrece dinero y exenciones de impuestos y los trata como adultos; no solo como pacientes asustados o indisciplinados. Y entre tantas medidas y contramedidas, mucha gente suspira por un Gobierno inflexible y fuerte y autoritario que tome las medidas adecuadas y sea eficaz. Pero, paradójicamente, lo que califica a los sistemas políticos como eficaces no es el autoritarismo. Es todo lo contrario; eso es precisamente lo que identifica a los estados fallidos: un Gobierno autoritario. Todas las dictaduras lo tienen. Mientras lo que define a los sistemas eficaces son sus administrados: una población consciente, compatriotas que asumen su responsabilidad, ciudadanos que no defraudan al fisco, a la policía o a sus vecinos.

Esa es la clave: propietarios adultos y responsables. En un doble sentido, además. Por una parte, propietarios responsables que obedecen lo que las administraciones indican. Y por la otra, propietarios también responsables que dirigen esas mismas administraciones, las corrigen cuando se equivocan y votan para elegir a los mejores como gobernantes de las mismas.

Por eso me parece un error centrarse en que un Gobierno, para ser eficaz, deba ser más o menos autoritario. ¿Cuál de ellos, por cierto? No. El error es el provincianismo adolescente que se esconde detrás de tanta dialéctica federal, plural y diversa. Porque aquí no se trata de que la medida propuesta -en este caso- por el Gobierno asturiano sea mejor o peor. El problema es que el otro Gobierno -en este caso, el español- se niega a aplicarla porque no es suya, no la tienen prevista y no trabajaron en ella. Así que tururú: ese es el problema; no la falta de autoritarismo de unos o de otros. Porque si algo no necesitamos ahora son administradores que griten mucho y no hagan nada para que los protestones y abusones impongan su voluntad.

Insisto: la solución está en una sociedad fuerte donde, respetando la libertad personal, todo el mundo sepa lo que tiene que hacer, cumpla con lo que le corresponde, y asuma sus obligaciones. Y, si quieren mi opinión, creo que en esta solicitud de confinamiento, el Gobierno asturiano tiene razón y que será solo cuestión de tiempo que el Gobierno español lo asuma. Eso sí, después de perder otras dos semanas.

Y por cosas así no deberíamos perder otras once legislaturas en solicitar la reforma del Estatuto y disponer de un verdadero Estado autonómico.

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