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Teníamos bancos. Ya no

por Jaime Paino

Por Inaciu Iglesias en El Comercio

Liberbank, heredero de Cajastur, cederá su nombre –y todo lo demás- a Unicaja para que traslade su sede a Málaga. Y ya está. Diez años después de renunciar a nuestra propia Caja de Ahorros, las decisiones se tomarán a mil kilómetros de aquí. Y es lo que hay. Éramos propietarios y ya no lo somos. Teníamos bancos y ya no los tenemos. Gestionábamos dineros y ya no lo hacemos. Con premeditación, alevosía, luz y taquígrafos nos quitaron lo que era nuestro y ya no somos dueños ni de nuestros ahorros, ni de los impuestos que generan, ni de las decisiones que sobre unos y otros se deben tomar. Otros lo harán por nosotros. Otros mucho más listos que nosotros. Pero más lejanos también. Es el fin de un ciclo. Las sedes de los bancos y cajas que fundamos nosotros, los asturianos: el Banco Asturiano, el Banco Herrero, el Banco de Asturias o la Caja de Ahorros de Asturias, tendrán ahora su sede en Alicante, Madrid, Málaga, Malagón o donde sea; en cualquier sitio menos aquí, donde nacieron, donde maduraron y donde se mal vendieron.

Decisiones así hacen que nuestro pequeño y verde país sea cada día más periférico. Por dejadez, por ignorancia, o por cobardía, renunciamos a decidir: a tener bancos propios, a tener instituciones propias, a tener empresas propias. Para qué; es mucho más cómodo que lo hagan otros; que decidan por nosotros: que inventen ellos. Y mientras tanto -como si aquí nadie tuviera culpa de nada- nos seguimos dedicando a clamar en el desierto, a dar voces en castañeu y a repetir la ineludible necesidad de modernizarnos, internacionalizarnos o digitalizarnos y protestamos porque los que deciden por nosotros -en Madrid, en Bruselas, en Nueva York o en Málaga- siguen sin hacernos caso. Y no nos consideran. Y no nos respetan. Y no solucionan nuestros problemas. Y no queremos ver que los primeros que renunciamos a todo lo que fuimos, a cambio de no ser nada, fuimos nosotros mismos. Que los únicos que seguimos renegando de todo lo que podemos ser para, al final, no tener nada somos nosotros mismos. Y que, por eso mismo, ahora no somos Santander y no podemos tener un banco como el Santander. Y no somos Bilbao y no podemos tener un banco como el Bilbao. Pero es que tampoco somos Málaga y, por no tener, no tenemos ni la sede de Cajastur: porque, Liberbank mediante, se la cedimos a Unicaja que se la llevó a mil kilómetros.

No queremos defender lo nuestro y así nos va. No queremos que nos llamen nacionalistas y así nos va. No queremos parecer aldeanos y así nos va. Y mientras tanto, por ejemplo, los responsables de Kutxabank fusionan sus cajas y mantienen la sede en su país. Pero, claro, ellos apuestan y nosotros renunciamos. Ellos son vascos y nosotros asturianos. Ellos son malos y nosotros, tontos.

Y ya está. Ya solo nos queda la Caja Rural y ese es nuestro pequeño, único y triste consuelo: ver cómo los paletos y a los aldeanos acuden al rescate de los señoritos. Nada nuevo, por otra parte. Cuando, a finales de la década pasada, se empezó a consumar esta estafa de Cajastur, los únicos que levantaron la voz fueron los que tenían algún concepto de país; los que entendían que la propiedad es importante; y los que no se dejaron cegar por los cantos de sirena de las modernidades, las sinergias, las inevitabilidades y demás maniobras orquestales con que los aquellos administradores de lo nuestro nos quitaron lo que nos pertenecía. El resto, a dejarse llevar.

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