Portada Revista de Prensa La verdad y todo eso

La verdad y todo eso

por Jaime Paino

Por Inaciu Iglesias en El Comercio.

Hoy empieza el juicio a Cascos por apropiación indebida y administración desleal y, la verdad, quién nos lo iba a decir. O no, porque hace tiempo que las políticas, asturiana y española, nos llenan de sorpresas: Díaz Ferrán, Riopedre, Bárcenas, Villa, Pujol, su majestad Juan Carlos de Borbón o Francisco Álvarez-Cascos. Todos ellos figuras públicas de predicamento que, con evidentes diferencias, acabaron siendo cuestionados por su peculiar manera de no distinguir entre los fondos públicos y los dineros privados. Y, por supuesto, yo no pretendo juzgar ahora sus conductas; eso lo deben hacer las instituciones, las que nos representan a todos: los partidos políticos, los auditores, los administradores del común y, finalmente, los tribunales de justicia. Pero no me resisto a señalar aquí algunas diferencias en la manera de proceder de esas mismas instituciones que acabo de mencionar: cómo encararon estos asuntos, qué hicieron para resolverlos y si intentaron, o no, salir del barro de corrupción en el que todos parecemos atascados.

En los siete casos mencionados, a la vista de las primeras irregularidades, muy pocos decidieron investigarlas a fondo y ponerlas en conocimiento de las autoridades. “Sé fuerte, Luis”; ese mensaje, enviado por M. Rajoy a su tesorero Bárcenas, resume muy bien la manera de actuar del máximo responsable de un partido político cuando se empiezan a conocer los desmanes contables en su institución. En tres palabras: aguantar, esconder y callar; ese es el protocolo. Y cuando el secreto ya es insostenible, y todo se desmorona, se aplica la segunda variable: sobreactuar, escandalizarse y renegar del ángel caído. Eso, exactamente eso fue lo que hicieron la CEOE, la FSA, el PP, el SOMA, Convergència i Unió o la Casa del Rey. Y eso es lo que siguen haciendo, con pequeñas variantes, la mayoría de los implicados en casos similares: ocultar, no colaborar y expulsar. En vez de lo correcto: investigar, limpiar y acudir a los tribunales.

 La vida y la política nos meten en problemas. Es inevitable. Y nosotros marcamos la diferencia por cómo salimos de ellos: esa es la cuestión. Algunos, los pesimistas, se limitan a maldecir su mala suerte. Otros, los optimistas, prefieren sonreír y hacer como si no pasara nada. Y solo los realistas intentan arreglarlos y por eso, precisamente por eso, tienen tan mala fama: por no dejar las cosas como están, por ser unos aguafiestas, y porque cuando un coche está atrapado en el barro lo cómodo es no hacer nada y protestar. Y lo escandaloso, lo sucio y lo complicado es intentar sacarlo y empezar a salpicar a todo el mundo.

La corrupción es el barro de nuestro tiempo. Los crímenes violentos, las guerras injustas o los fanatismos religiosos ya no son lo que eran. Es la picaresca económica -por lo menos en nuestras latitudes- la que ensucia lo público. Y ustedes saben muy bien cuántas instituciones tenemos hundidas en ese fango: cuántos partidos, sindicatos y patronales; y clubes deportivos, entidades financieras y corporaciones locales; y medios de comunicación, organizaciones no gubernamentales y hasta la casa del Rey. No se libra nadie, estamos rodeados y tenemos un problema. Y en vez de regodearnos en él, manifestarnos contra todo o enquistarnos no sé dónde, deberíamos centrarnos más en cómo resolverlo, en saber qué podemos hacer y, sobre todo, en reconocer y recompensar a los que hacen lo correcto; ya saben: todo eso de decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

O, en el caso que nos ocupa: auditar, decidir y denunciar. Porque aunque sea incómodo, inconveniente o incluso impopular, es lo correcto. Solo eso.

Relacionados