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Hacer cantera

por Jaime Paíno

Por Inaciu Iglesias, en El Comercio

En nuestro pequeño y verde país protestamos mucho porque no pintamos nada. Deciden por nosotros en el tema de los lobos, la descarbonización, las electrointensivas o las cercanías

En política, decidimos por intuición, por afinidades y por colores

Toca empezar a hacer política en serio: influir, negociar y conseguir

Esta pandemia le sacó los colores a la política. Antes, a muchos parecía no importarles quién nos gobernaba, ni cómo, ni por qué, ni para qué. Les daba igual o eso pensaban: se decían apolíticos y no creían en los partidos. Pero todo cambió. Con el coronavirus, nuestras vidas cotidianas empezaron a depender demasiado, de las decisiones de unos administradores que sabían tanto o menos que nosotros y, aún así, habíamos votado. Y nos podían cerrar los negocios, los hospitales, las fronteras y las esperanzas. O liderarnos de manera adecuada para salvar nuestras vidas, comunidades y haciendas. ¿De quién era entonces la culpa? ¿En quién hacemos descansar la responsabilidad? ¿A quién atribuimos, en definitiva, el error –o el acierto– de saber elegir a nuestros legítimos representantes?

Nada se improvisa. Todo lleva su tiempo.

Y tiene consecuencias. Piensen, por ejemplo, en un consejo de administración donde se discute la instalación de un nuevo sistema de aprovechamiento energético. Son muchos millones y varios años de ejecución. Pero es un tema tan complejo y lleno de tecnicismos que el debate y posterior decisión no superan los catorce minutos. Y queda –o no– aprobado. A continuación se contempla la renovación de la flota de camiones. Hay varias ofertas en la mesa y aquí todo el mundo tiene algo que decir: que si esa marca me dio muchos problemas, que si los plazos de entrega parecen algo largos, que si podíamos apretar más en el precio… Y el asunto ocupa más de cincuenta minutos, intensos. Finalmente, toca renovar el contrato de las máquinas de café. Nada: una tontería, un gasto menor, pero tras hora y media de dimes y diretes –cotilleos incluidos–, donde se analizan todos los pormenores de la cuestión, el tema se aplaza para mejor ocasión y un más profundo análisis.

Todos lo hacemos. Echamos más tiempo en decidir qué películas vamos a ver, que en negociar una hipoteca. Menos de diez horas: ese es el tiempo promedio que dedicamos a suscribir una obligación financiera que nos va vincular para toda la vida. Somos así. Y en política, igual. Tomamos demasiadas decisiones por intuición, por afinidades y por colores: a corto plazo; a caballo ganador y sin aceptar sacrificios. Y así nos va.

En nuestro pequeño y verde país protestamos mucho porque no pintamos nada. Deciden por nosotros en el tema de los lobos, la descarbonización, las electrointensivas o las cercanías. ¿Y qué hacemos al respecto? ¿Cuánto tiempo y esfuerzo invertimos en ello? ¿Qué estrategia estamos llevando, a largo plazo? Ninguna. Arrastramos demasiadas contradicciones y no somos serios. Proclamamos estar en contra de la corrupción, pero castigamos a los que acuden a los tribunales por revoltosos y conflictivos. Decimos necesitar gestores eficaces, pero criticamos a los que consiguen resultados en otras comunidades: por insolidarios, egoístas y nacionalistas. Y buscamos el pacto, el acuerdo y el consenso, pero aplaudimos en las redes solo a los que dan más caña en las tribunas.

Toca empezar a hacer política en serio: influir, negociar y conseguir. Y olvidarnos ya de repetir consignas vacías para llenarnos de razones, obsesiones y peticiones. Llevamos demasiados años pidiendo, por ejemplo, la variante de Payares, el estatuto de las electro-intensivas o no sé qué reindustrialización. Y lo que tendríamos que hacer es cantera: para colocar a nuestros compatriotas en los consejos de ministros y a nuestras siglas en el congreso de los diputados; y dejarnos de intentar condicionar los presupuestos de otros con inútiles plataformas provincianas o manifiestos melancólicos de medidas ineludibles.

O nos tomamos en serio a nosotros mismos, y a nuestras propias posibilidades, o nadie más lo va a hacer.

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